Durante unos segundos, la piel de un pulpo dormido puede cambiar de color, sus brazos pueden contraerse y sus ojos pueden moverse. La escena parece una versión submarina de un sueño, y esa posibilidad es justamente la que investigaron los científicos al seguir a cuatro pulpos salvajes de la especie Octopus insularis, en un laboratorio de Brasil, en un estudio publicado en 2021.
Los animales fueron recolectados en aguas tropicales brasileñas y observados por un equipo liderado por la neurocientífica Sylvia Medeiros, de la Universidad Federal de Rio Grande do Norte. El resultado no prueba que los pulpos sueñen, porque no pueden contar lo que ocurre mientras duermen. Aun así, reveló un patrón organizado, con dos fases que se alternan en ciclos.
Cuando la piel cambia, el pulpo no necesariamente está despierto
La mayor parte del descanso transcurrió en un estado llamado sueño quieto. En esa fase, los pulpos permanecían casi inmóviles, con la piel clara y los ojos reducidos a rendijas cerradas. El cuerpo mostraba poca reacción, una imagen muy distinta de la intensa actividad por la que se conoce a estos moluscos.
Después de períodos generalmente superiores a seis minutos en ese estado, aparecían episodios cortos de sueño activo. La piel cambiaba de color y de textura, los ojos hacían movimientos rápidos, las ventosas de los brazos se contraían y pequeños músculos del cuerpo se movían. Los dos estados volvían a aparecer en secuencia, con intervalos de aproximadamente 30 a 40 minutos.
Según el estudio publicado en 2021, los pulpos Octopus insularis alternan períodos de sueño quieto y sueño activo, con cambios de color y movimientos corporales concentrados en la segunda fase. Es decir, un destello de color sobre la piel de un pulpo en reposo no es prueba de que el animal esté despierto. Puede ser la señal de una etapa específica del sueño.
Las pruebas indicaron que los animales realmente dormían
Para distinguir el sueño de una simple pausa o de una reacción discreta al ambiente, los investigadores midieron cuánto estímulo hacía falta para despertar a los animales. En algunas pruebas, aparecía un cangrejo vivo en una pantalla. En otras, se golpeaba la pared del acuario con un martillo de goma, lo que producía vibraciones en el agua.
Cuando estaban en estado de alerta, los pulpos reaccionaban a los estímulos. Durante los períodos de descanso, en cambio, respondían poco o no respondían. Esa diferencia reforzó la interpretación de que los animales dormían de verdad, y no solo permanecían quietos mientras vigilaban el entorno.
La investigación también ayuda a interpretar un video que se volvió viral hace algunos años. En las imágenes, una hembra de pulpo llamada Heidi pasa rápidamente del blanco al amarillo, luego a un tono vino y después a un patrón moteado. La narración sugería que podía estar cazando un cangrejo en un sueño. El nuevo estudio no confirma esa historia, pero muestra que transformaciones parecidas pueden ocurrir durante una fase específica del sueño.
Un posible sueño más corto que un video breve
En los seres humanos, los sueños más vívidos suelen asociarse con el sueño REM, un período marcado por movimientos rápidos de los ojos, cambios en los latidos del corazón y respiración irregular. La fase activa de los pulpos guarda algunas semejanzas, aunque dura mucho menos, de unos pocos segundos a cerca de un minuto.
Por eso, si los pulpos realmente sueñan, la experiencia probablemente no tendría una narrativa larga, con escenas encadenadas como en los sueños humanos. Sería más parecida a una imagen rápida, un destello o un pequeño fragmento de video. La comparación es una hipótesis basada en el comportamiento observado, no una conclusión comprobada.
El interés científico está justamente en esa distancia evolutiva. Los pulpos y los vertebrados siguieron caminos separados hace más de 550 millones de años. El ancestro común de ambos grupos tenía un sistema nervioso simple, parecido al de un gusano plano. Aun así, sus patrones de sueño presentan características parecidas.
Qué revela el sueño de los pulpos sobre la evolución
Durante mucho tiempo, los estados de sueño bien definidos se asociaron principalmente con mamíferos y aves. Más tarde aparecieron evidencias también en reptiles, peces y sepias, parientes de los pulpos. La presencia de una fase activa en animales tan distintos puede indicar que mecanismos semejantes evolucionaron de forma independiente, en un proceso conocido como evolución convergente.
Una de las teorías sobre el sueño REM en los mamíferos relaciona esa fase con el control de la temperatura corporal. Esa explicación resulta menos suficiente cuando el mismo tipo de patrón aparece en animales que no regulan internamente su temperatura, como los peces, los reptiles y los cefalópodos.
Otra posibilidad es que el sueño esté ligado a la memoria y al aprendizaje. Los pulpos pueden aprender de la experiencia, reconocer situaciones y ajustar su comportamiento. Todavía no se sabe si el sueño activo contribuye a consolidar esa información, pero la hipótesis abre un nuevo frente para estudiar la inteligencia de estos animales.
El próximo paso: observar el cerebro durante el sueño
En las personas, los científicos usan ondas cerebrales e imágenes del cerebro para identificar las regiones que se activan durante los sueños. Técnicas semejantes podrían adaptarse en el futuro para seguir la actividad cerebral de pulpos dormidos y comprobar si la fase activa implica el procesamiento de recuerdos u otras tareas.
El estudio analizó a cuatro individuos de O. insularis y señaló un patrón que aún debe compararse con otras especies, poblaciones y condiciones naturales. Por eso conviene leer los resultados con cautela, sin afirmar más de lo que el comportamiento de los animales permite sostener.
Hasta que esas pruebas se realicen, la conclusión más segura es que los pulpos tienen dos estados de sueño claramente distinguibles y que uno de ellos produce comportamientos parecidos a señales asociadas con los sueños en los vertebrados. Nuevos estudios deberán investigar si esos episodios son solo reflejos corporales o si representan una actividad mental más compleja.
Reportaje: Natália Santos / Revista Amazônia