Cuando disminuye la oferta de frutas, dos grupos de monos capuchinos observados en Brasil empiezan a incluir con más frecuencia lagartos, roedores y serpientes en su alimentación. El comportamiento se documentó durante 45 meses, entre 2006 y 2010, en la Fazenda Boa Vista, y podría ayudar a explicar cómo la caza de pequeños animales sirvió de peldaño en la evolución de la dieta de los antepasados humanos.
El estudio se publicó el 26 de agosto de 2026 en la revista científica PLOS One. Su mensaje central es que un primate flexible, presionado por la escasez de alimento vegetal, puede convertirse en un cazador más activo de lo que sugiere su fama cotidiana.
Un cambio de menú observado en el campo
La investigación reunió más de 5.000 horas de observación de monos capuchinos barbudos, una especie conocida científicamente como Sapajus libidinosus. En ese tiempo, los investigadores registraron 446 ocasiones en las que los primates comieron pequeños animales.
Los lagartos aparecieron en el 43 % de esos registros, mientras que los roedores representaron el 28 %. El equipo también anotó los primeros casos documentados, para estos monos, de consumo de zarigüeya, iguana y polluelos sacados de los nidos.
Según PLOS One, los capuchinos barbudos consumieron pequeños vertebrados en la Fazenda Boa Vista, en Brasil, durante los períodos de menor disponibilidad de frutas y de otros alimentos vegetales, entre 2006 y 2010.
Los machos cazan más y asumen mayores riesgos
La decisión de perseguir una presa no fue igual para todos los individuos. Los machos cazaron con mayor frecuencia que las hembras y participaron más en la captura de animales considerados peligrosos, como las serpientes.
Esa diferencia indica que la caza no depende solo de la cantidad de alimento que hay en el ambiente. El sexo, el riesgo que se corre y las necesidades nutricionales también parecen influir en la elección. El estudio no presenta la caza como una actividad uniforme dentro del grupo.
Otro detalle llamó la atención del equipo: los monos mostraron preferencia por el cerebro y las vísceras de sus presas. Esos tejidos concentran grasa y otros nutrientes, lo que sugiere que los primates podrían estar eligiendo las partes más energéticas de los animales en lugar de comer simplemente toda la carcasa.
Por qué la falta de frutas cambia el cálculo
Los monos capuchinos son conocidos por su flexibilidad alimentaria. Saben aprovechar distintos recursos, usar objetos para llegar a la comida y ajustar su rutina a las condiciones del entorno. La nueva investigación suma la caza de pequeños vertebrados a ese repertorio de respuestas ante la escasez.
En la práctica, la hipótesis es que la reducción de frutas aumenta el valor de presas pequeñas, como lagartos y roedores. Esos animales pueden ofrecer una concentración de grasa y proteína capaz de compensar parte de la energía que los monos dejarían de obtener de las plantas.
El resultado no significa que los monos hayan abandonado la alimentación basada en plantas. La evidencia apunta a una ampliación temporal o condicionada del menú, activada cuando ciertos nutrientes o fuentes de energía se vuelven más difíciles de encontrar.
Qué sugiere sobre los antepasados humanos
Suele describirse a los humanos como los únicos primates actuales que cazan de forma regular animales más grandes que ellos mismos. El origen de ese comportamiento se relaciona habitualmente con el crecimiento del cerebro, la cooperación social y la capacidad de organizar estrategias de captura.
Sin embargo, antes de perseguir presas grandes, los antepasados humanos pueden haber empezado con animales menores. El patrón observado en los monos capuchinos ofrece un modelo para investigar esa transición, pero no prueba que la evolución humana siguiera exactamente el mismo camino.
El equipo sugiere que los períodos de inestabilidad climática que enfrentaron las poblaciones humanas antiguas pueden haber reducido la disponibilidad de alimentos vegetales. En esos momentos, los pequeños vertebrados habrían funcionado como una fuente complementaria de energía, creando un posible puente hacia el consumo de presas mayores.
“Cuando analizamos 45 meses de datos, vemos que los pequeños vertebrados, como lagartos, roedores y serpientes, son una fuente importante de alimento cuando hay menos frutas disponibles”, afirmó Susana Carvalho, directora de Ciencia del Parque Nacional de Gorongosa y una de las autoras principales del estudio.
En la misma declaración, Carvalho subrayó que el trabajo dependió de una observación prolongada para identificar un comportamiento que podría pasar inadvertido en estudios cortos. “La caza de pequeñas presas pudo haber sido una fuente importante de nutrición para los antepasados humanos durante períodos de escasez de alimentos”, dijo.
Por qué importa observar durante tanto tiempo, y qué viene después
Un relevamiento de pocos días podría registrar solo la dieta más común, dominada por frutas y otros alimentos vegetales. La serie de 45 meses permitió comparar momentos de mayor y menor disponibilidad de alimento y relacionar esa variación con la frecuencia de la caza.
Este tipo de seguimiento también revela hechos raros. El consumo de zarigüeya, iguana y polluelos no se detectaría necesariamente en una observación puntual. La permanencia del equipo en el campo aumentó la posibilidad de registrar comportamientos ocasionales y diferencias entre individuos.
Los autores tratan sus conclusiones como una base para nuevas investigaciones. Estudios futuros podrán comprobar si la relación entre escasez vegetal y caza aparece en otros grupos de monos capuchinos y en otras especies de primates. El siguiente paso que proponen los investigadores se centra en el registro fósil: volver a examinar señales asociadas al consumo de pequeños vertebrados por homininos antiguos para verificar si hay evidencias compatibles con este tipo de estrategia.
El comportamiento de los monos capuchinos no debe usarse como una copia directa del pasado humano. Las especies viven en ambientes distintos, tienen historias evolutivas propias y pueden responder de maneras diferentes a la falta de alimento. Aun así, el estudio ofrece una comparación viva para una pregunta difícil de responder solo con fósiles. El artículo completo está disponible de forma gratuita en PLOS One, y los investigadores esperan que lo sigan análisis con otros primates y la búsqueda de marcas de depredación en el registro fósil humano.
Reportaje: Natália Santos / Revista Amazônia