Cerca del 30% de las especies vegetales de la Amazonía enfrenta un riesgo inminente de desaparición en las próximas décadas debido a la deforestación y a la crisis climática, según alertan estudios recientes. En el interior de Pará, una comunidad quilombola decidió responder a esa amenaza con una estrategia construida desde el territorio: un banco vivo de semillas que conserva variedades nativas esenciales para la seguridad alimentaria y la restauración forestal.
La iniciativa surgió mientras las políticas públicas avanzan con dificultad en Brasilia. En lugar de esperar una respuesta externa, los habitantes crearon una estructura comunitaria de recolección, almacenamiento, intercambio y plantación continua. La experiencia muestra cómo el conocimiento ancestral puede frenar la erosión genética de la selva y ampliar las posibilidades de conservación lejos de los centros de decisión.
El banco de semillas no funciona como una colección inmóvil. Las personas responsables de su curaduría, conocidas como guardianes, acompañan los árboles matriz que permanecen en la selva. Conocen el momento adecuado para recolectar los frutos y saben cómo hacerlo sin comprometer la regeneración natural.
Una arca vegetal viva
La estructura física del banco es sencilla, pero la tecnología social que la sostiene es sofisticada. No se trata de una cámara fría de alta tecnología como la de Svalbard, en Noruega. Su fuerza está en el movimiento permanente de las semillas, que se conservan para volver a la tierra, circular entre comunidades y abastecer nuevas plantaciones.
En sus estantes rústicos encuentran refugio variedades amazónicas que muchas veces todavía son desconocidas para la ciencia occidental. Cada lote representa una parte de la diversidad de la selva y también una conexión con las prácticas de quienes aprendieron a reconocer los ciclos de las plantas, sus usos y sus necesidades.
La metodología combina siglos de experiencia empírica con principios básicos de la biología de la conservación. Especies como la caoba, Swietenia macrophylla, la castaña de Brasil, Bertholletia excelsa, y el cumarú, Dipteryx odorata, reciben una atención especial.
Muchas de esas especies enfrentan una presión intensa por la extracción ilegal de madera o por la pérdida de polinizadores. La comunidad registra cada lote, incluidos el árbol matriz, el lugar de recolección y la fecha. Ese seguimiento ayuda a mantener la diversidad genética, un factor decisivo para la resistencia de los bosques ante las sequías prolongadas que afectan a la región.
La limpieza, el secado y el almacenamiento siguen protocolos rigurosos para preservar la capacidad de germinación. El cuidado no termina cuando la semilla llega al estante. La conservación depende de revisar el material, intercambiarlo y plantarlo de manera continua.
Más de 50 variedades rescatadas
Los resultados de la iniciativa ya son visibles. La comunidad ha conseguido rescatar y preservar más de 50 variedades de especies forestales y agrícolas que estaban desapareciendo. En lugar de concentrarse en un solo cultivo, el banco protege la agrobiodiversidad y mantiene una base más amplia para la alimentación y la recuperación de los paisajes.
El excedente de las semillas recolectadas no permanece almacenado. Se destina a proyectos de reforestación en áreas degradadas por pasturas. De esa manera, el banco conecta la conservación de la diversidad genética con la recuperación de zonas afectadas por la transformación del bosque.
La lógica es diferente de la del agronegocio, que suele enfocarse en monocultivos y semillas patentadas. La comunidad trabaja con variedades nativas, muchas de ellas adaptadas a las condiciones climáticas locales. Esas semillas presentan mayor resistencia a plagas y a las variaciones del clima de la región que las variedades comerciales, según la experiencia descrita en la iniciativa.
Datos del Imazon muestran que las áreas gestionadas por comunidades tradicionales registran las menores tasas de deforestación de la Amazonía. El banco quilombola potencia ese efecto protector al mantener la diversidad en el territorio y al fortalecer la capacidad de la comunidad para decidir qué plantar y cómo hacerlo.
Una economía basada en el bosque en pie
La iniciativa no protege solamente árboles. También genera ingresos y autonomía para la comunidad. La venta de semillas a viveros y proyectos de restauración forestal se convirtió en una fuente vital de ingresos, demostrando la viabilidad de una bioeconomía en la que la selva vale más en pie que derribada.
El mercado brasileño de restauración forestal necesita toneladas de semillas nativas para cumplir las metas del Acuerdo de París. El banco quilombola se encuentra en la vanguardia de esa demanda, porque ofrece material genético adaptado y de alta calidad.
La semilla es el primer vínculo de la cadena productiva y de la vida. Al recuperar el control sobre ese recurso, la comunidad refuerza su soberanía alimentaria y su autonomía territorial. El banco representa una barrera contra la homogeneización que avanza con los monocultivos sobre el Cerrado y la Amazonía.
El intercambio de semillas con otras comunidades ribereñas e indígenas amplía la red de guardianes de la selva. No se trata solo de enviar material de un lugar a otro, sino de conservar también los conocimientos asociados a cada especie, incluidos sus usos medicinales, alimentarios y rituales.
Amenazas que siguen fuera del banco
El éxito de la iniciativa convive con desafíos constantes. La presión de la apropiación ilegal de tierras, conocida como grilagem, la expansión de la soja y la falta de regularización agraria amenazan el territorio quilombola.
La seguridad de los guardianes de la biodiversidad también está en riesgo. En muchas ocasiones enfrentan amenazas de muerte, mientras intentan proteger un patrimonio que pertenece a la comunidad y que tiene importancia para toda la selva.
La legislación brasileña sobre semillas, orientada principalmente a la agricultura industrial, puede crear barreras burocráticas para las iniciativas comunitarias. Para instituciones reconocidas como Embrapa Orientação Técnica, valorar e integrar los bancos comunitarios de semillas es una medida estratégica para la seguridad del país.
Frente a la expansión del monocultivo, el banco ofrece una estrategia de adaptación climática. La pérdida de variabilidad genética es una amenaza silenciosa e irreversible. Estudios publicados en la revista Nature relacionan la diversidad de especies con la estabilidad de los ecosistemas.
El conocimiento que la academia debe escuchar
La Amazonía funciona como un gigantesco sistema de regulación del aire acondicionado global y de las lluvias. La ruptura de ese sistema por la homogeneización del paisaje tendría consecuencias catastróficas a escala planetaria. En ese contexto, el banco de semillas actúa como un seguro para el funcionamiento de la selva.
Las semillas guardadas aseguran que los bosques del futuro puedan conservar una complejidad semejante a la de los bosques actuales. La red de bancos de semillas quilombolas está creciendo y conecta distintos territorios y biomas. Esa articulación fortalece la resistencia política y cultural de las poblaciones tradicionales.
La academia y los centros de investigación comienzan a reconocer la importancia de esos bancos comunitarios de germoplasma. Se están formando alianzas entre la comunidad quilombola y entidades como el INPA, el Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonía.
La colaboración permite validar científicamente el conocimiento tradicional y ampliar el impacto de la iniciativa. La bioprospección, realizada de manera ética y con reparto de beneficios, puede abrir nuevas fronteras para la bioeconomía amazónica. El banco se convierte así en un punto de partida para una economía basada en el conocimiento y en el respeto por la selva.
La conservación amazónica depende del fortalecimiento de estas comunidades. La experiencia demuestra que proteger la selva no es una utopía, sino una tarea diaria hecha de trabajo, conocimiento ancestral y respeto profundo por la tierra.
El mayor desafío es garantizar la protección de los territorios y de sus pueblos frente a las fuerzas destructivas del desarrollo depredador. El futuro de la Amazonía y del planeta depende de la capacidad de escuchar y apoyar a sus verdaderos guardianes. La resistencia de las semillas nativas es la resistencia de la propia vida en la Tierra.
Reportaje: Anne Silva / Revista Amazônia