El pez luna, también llamado mola, comienza su vida como una larva de pocos milímetros, más pequeña que un grano de arroz, y puede llegar a la adultez con un peso de más de mil kilos. Es una de las mayores diferencias de tamaño entre el inicio y el final de la vida registradas entre los animales vertebrados. Lo que hace aún más difícil explicar ese crecimiento es la dieta que lo sostiene.
La base de la alimentación del pez luna son organismos gelatinosos, principalmente medusas y criaturas parecidas. Son presas formadas casi por completo de agua, con muy poco material aprovechable por cada kilo que se traga.
Una presa que casi no alimenta
Un animal gelatinoso es, en gran parte, agua de mar retenida en una estructura frágil. La fracción de proteína y grasa disponible es baja si se compara con un pez o un crustáceo del mismo volumen. Para obtener energía suficiente, el pez luna tiene que consumir cantidades muy grandes, sin pausa.
El comportamiento alimentario refleja esta exigencia. El animal se desplaza por largas distancias en busca de concentraciones de estos organismos, que aparecen de forma irregular en el océano, y se queda comiendo durante largos periodos cuando encuentra un grupo denso.
La boca que no se cierra y los dientes fusionados
Los dientes del pez luna están fusionados en una estructura parecida a un pico, con un par arriba y otro abajo. No sirven para cortar trozos, sino para sujetar y romper cuerpos blandos. La boca permanece siempre entreabierta, sin la capacidad de cierre completo que tiene la mayoría de los peces.
Dentro de la garganta hay proyecciones que ayudan a triturar el material gelatinoso antes de que siga su camino. Todo el sistema está especializado en procesar volumen y no en vencer resistencia, lo que es coherente con una presa que no ofrece lucha ni caparazón.
El cuerpo que perdió la cola
El adulto tiene el aspecto de un cuerpo cortado por la mitad. En lugar de la aleta caudal hay una estructura redondeada formada por la unión de radios de las aletas dorsal y anal, que funciona como timón y no como propulsor.
El desplazamiento se logra con el batido alterno de las aletas dorsal y anal, largas y verticales, que se mueven casi como alas. Es una forma de nadar poco común entre los peces y bastante económica para un animal que debe recorrer grandes distancias sin prisa.
Buceos profundos y regreso a la superficie
El pez luna alterna periodos en aguas profundas y frías con regresos a la capa superficial, más cálida. Los organismos gelatinosos de los que se alimenta ocupan franjas variadas de profundidad, y esta alternancia sigue la distribución del alimento.
Permanecer en agua fría por mucho tiempo tiene un costo para un animal de gran masa, y los investigadores piensan que el regreso a la superficie ayuda a recuperar la temperatura corporal antes del siguiente buceo. El patrón de subir y bajar está ligado, por tanto, tanto a comer como a mantener el cuerpo en condiciones de seguir comiendo.
Muchos huevos para pocas oportunidades
Las hembras del pez luna liberan cantidades enormes de huevos, y la mayor parte de ellos no llega a la adultez. Las primeras larvas tienen espinas proporcionalmente grandes, que desaparecen conforme el animal crece, y son presa fácil para una enorme variedad de depredadores marinos.
Esta estrategia de producir muchos descendientes con baja supervivencia individual es común en el océano abierto, donde no hay forma de proteger a las crías. El tamaño descomunal del adulto es, en parte, una respuesta al mismo problema, ya que pocos depredadores pueden con un animal de ese volumen.
La piel gruesa que sustituye a las escamas
El pez luna no tiene escamas como la mayoría de los peces óseos. En su lugar hay una capa de piel muy gruesa y resistente, cubierta de moco, que funciona como barrera física contra las mordidas y contra el roce de organismos que se fijan al cuerpo.
Este grosor tiene otra consecuencia práctica. Un animal que pasa parte del tiempo en agua fría y profunda necesita reducir la pérdida de calor, y una capa externa densa puede ayudar en eso. La piel cumple así a la vez una función de protección y de aislamiento.
Sin vejiga natatoria, con la flotación resuelta de otro modo
Muchos peces controlan la profundidad con una bolsa interna de gas. El pez luna adulto no cuenta con este recurso y resuelve la flotación con la composición de su propio cuerpo, formado en buena parte por tejido gelatinoso de baja densidad.
Esto mantiene al animal cerca de la flotación neutra, sin gastar energía para sostenerse en la columna de agua. Para una especie que depende de comer grandes volúmenes de presa pobre en energía, cualquier ahorro de este tipo cuenta en el balance final.
Por qué importa para el océano
Los depredadores de organismos gelatinosos cumplen un papel poco visible en el equilibrio marino. Las poblaciones de medusas pueden crecer rápido cuando las condiciones lo favorecen, y ese crecimiento afecta a los cardúmenes y a la pesca, porque estos organismos compiten por alimento con las larvas de peces.
Los animales capaces de consumir grandes volúmenes de este material ejercen cierto control sobre ese proceso. El pez luna lo hace a escala oceánica, cruza regiones y conecta zonas distantes por medio de lo que come y de lo que deja de existir por donde pasó.
Un animal que empieza con el tamaño de un grano y termina pesando más que un auto pequeño, comiendo algo que casi no alimenta, es un recordatorio de que el océano funciona con reglas propias.
Reportaje: Natália Santos / Revista Amazônia